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Autobiografía inconclusa
Mi padre me enseñó a odiar la naturaleza y a amar los libros. Para ello sólo tuvo que hacer dos cosas: tenerme desde muy pequeño trabajando en el campo y no decirme nunca que leyera, a pesar de que la lectura fuera su única afición. Cuando me acuerdo de mi infancia, a mi madre siempre me la encuentro cuidándome durante mis constantes convalecencias. Nada grave. Era muy enfermizo y siempre andaba griposo o con anginas. Ahora no me gusta que me cuide cuando me siento mal porque experimento una regresión a la infancia que me vuelve protestón y caprichoso. Los de mi quinta quedamos mejor encuadrados en lo que podíamos llamar la generación posfranquista. Para mí Franco era un señor que salía de vez en cuando en la tele (aunque ya la hubiera palmado) y en las monedas, que no eran sino dichosos pedacitos de metal con los que conseguir chucherías. Uno de los días más felices de nuestra infancia tuvo que ser el 23 F: se tiraron todo el día poniendo dibujos animados en la televisión. Recuerdo que durante mi niñez fui bastante feliz en mi pueblo, pero en cuanto llegué a la adolescencia se me quedó más estrecho que los pantalones de la primera comunión. En mi casa también me sentía agobiado y durante dos o tres años no dejé de planear distintas posibilidades de evasión que no se concretarían hasta que tuve 18 años. Entonces pude irme a Madrid y sentí que volvía a nacer de nuevo. Siempre fui muy curioso y me interesé por aprender todo lo que estaba a mi alcance. Por eso estudiaba, por eso leía libros, por eso nunca me privé de ningún vicio, por eso probé casi todo lo que la vida me ofrecía.
En mis años universitarios hice mis pinitos en la música pop. Como no sabía tocar ningún instrumento, elegí el bajo -que fue el que me pareció más sencillo- y enseguida cometí la osadía de formar un grupo. Durante cinco o seis años no dejé de grabar maquetas y de recorrer todas las salas del circuito madrileño. Estuve en dos formaciones que pasaron a la historia de los grupos olvidados y fracasados de la década de los 90. La falta de aceptación y la suficiente honestidad conmigo mismo para saber que nunca llegaría a ser un buen músico, me hicieron desistir en mi empeño de grabar un disco, aunque no descarto volver a intentarlo, que uno es de los que no escarmientan. Escribir ha sido la única actividad creativa que nunca he dejado desde los doce o trece años. En mi juventud la literatura fue para mí una tabla de salvación a la que me agarraba con desesperación de náufrago. Unos años más tarde se convertiría en el arma arrojadiza con que atacar todo lo que me disgusta, en mi forma de discrepar dialécticamente con el mundo que me rodea. Creo que aún no he salido de esa segunda etapa. Me ha faltado algún coqueteo con los medios audiovisuales, pero espero que alguien me ofrezca alguna vez la oportunidad de trabajar en ese campo, aunque sea para fracasar una vez más. El fracaso, en un equilibrio adecuado con el éxito, no deja de ser enriquecedor. Escribo lento, pero constante. Y me gusta saber que hay distintos géneros para saber que aún me quedan territorios por explorar. No me siento novelista ni poeta ni cuentista. Y escritor sólo porque es verdad que escribo, aunque también es cierto que la denominación tiene unas connotaciones elitistas que nunca he compartido. Siento un especial respeto por la poesía, pero sólo porque ya hay demasiados poemas malos circulando por el mundo. Algo parecido me pasa con la novela. Por eso me lo pienso mucho antes de cometer una nueva. Un aburrimiento de trescientas páginas puede escribirlo cualquiera. No vivo de escribir, pero vivo y trabajo para poder hacerlo. Es posible que esta afición mía no sea nada más que un síntoma de mi vanidad, pero supongo que bien llevada no es peligrosa y, además, resulta poco perjudicial para los que me rodean. Hoy vivo con mi mujer y con mi gato en Toledo, doy clases en un instituto para ganarme el sueldo, leo lo que puedo y escribo cuando tengo un rato. No milito en nada ni tengo creencias religiosas de ningún tipo. Supongo que soy lo que se llama un librepensador. Mis ideas no se ajustan a los patrones de ningún colectivo, credo o movimiento. Seguro que si hubiera una guerra no tendría escapatoria. Lo más normal es que los dos bandos ofrecieran un precio por mi cabeza.
Sé que esto apenas da una borrosa idea de quién soy, pero me reservo los detalles y las anécdotas para una futura autobiografía, que comenzaré probablemente el día que me falle la inspiración. Desconfiad siempre de un tipo que cuenta su propia vida. Está seleccionando, manipulando, resaltando lo que quiere y eludiendo lo comprometido. Sólo cuenta sus defectos el que quiere fastidiar a alguien o el que por ello espera sacar tajada. No descarto, pues, hacerlo en un futuro. Félix Chacón Volver a la Página de bienvenida No tengo ni idea de quién hizo mi foto de bebé. La de mi gato es de Alicia Avilés. El resto de fotos que aparecen en esta página son de Juanma Castillo. Página actualizada en julio de 2011. |
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